La dramática renuncia de Nicolás Avellaneda


La dramática renuncia de Nicolás Avellaneda

Artículo escrito por el académico Carlos Páez de la Torre 

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DRAMÁTICA RENUNCIA DE AVELLANEDA
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Sofocada la revolución de 1880, desinteligencias con el Congreso llevaron a dimitir al presidente Nicolás Avellaneda. Su renuncia se rechazó, desactivando así un inminente golpe militar
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LEYENDAS
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EL HOTEL “WATSON” DE BELGRANO. En la actualidad, se conserva la fachada del establecimiento donde se alojó varios días el presidente Avellaneda, en 1880
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CARLOS TEJEDOR. Mausoleo del rebelde gobernador de Buenos Aires, en la Recoleta
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NICOLÁS AVELLANEDA. En una caricatura de Henri Stein, publicada en “El Mosquito” en 1879
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MANUEL D. PIZARRO. Sostuvo que se había marginado al Congreso en el acuerdo con los rebeldes derrotados
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JULIO ARGENTINO ROCA. Electo presidente antes de la revolución, asumió su cargo el 12 de octubre de 1880
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MARIANO ACOSTA. El vicepresidente que iba a ser destituido si se aceptaba la renuncia de Avellaneda
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En 1880, desde el pueblo de Belgrano, donde había instalado provisionalmente el gobierno, el presidente Nicolás Avellaneda sofocó con dureza la revolución que conducía el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor. La victoria costó mucha sangre. Más de 2.000 muertos fueron el saldo de las feroces batallas de Puente Alsina y Los Corrales. Es conocido que todo esto sería coronado con la ley de Capital Federal y la asunción del presidente electo, general Julio Argentino Roca.
Pero en los días transcurridos entre la derrota de los rebeldes porteñistas y aquellos logros, se sucedieron acontecimientos graves, que incluyeron la posibilidad de un golpe militar. Todo eso consta en los libros de historia, pero es muy poco conocido por el gran público. Narrarlo siquiera superficialmente, es el propósito de estas líneas.
 
La tregua
 
Los combates citados se desarrollaron entre el 17 y el 21
de junio de 1880, esto a la vez que Avellaneda decretaba la
intervención federal a la provincia de Buenos Aires, y
designaba interventor al general José María Bustillo.
Por pedido del Nuncio Apostólico y de los diplomáticos de
Estados Unidos y de Alemania, accedieron Avellaneda y Tejedor  
a establecer una tregua, el 23 de junio. Tejedor nombró al
general Bartolomé Mitre -quien no había participado en las
acciones- comandante en jefe de sus fuerzas. Mitre les pasó
revista y, sin eufemismos, informó a Tejedor que no había
más remedio que rendirse.
Tragando su amargura, el gobernador lo envió a Belgrano, como  
portador de una nota donde solicitaba a Avellaneda
un arreglo que detuviera el derramamiento de sangre. El
presidente no quiso recibir a un emisario de los
sediciosos. Designó a tres de sus ministros, Carlos
Pellegrini, Santiago Cortínez y Benjamín Zorrilla,
para que se entendieran con él.
 
Se va Tejedor
 
Tras un par de tensas reuniones, se expusieron a Mitre las bases del arreglo. Consistía, sustancialmente, en la rendición y renuncia de Tejedor; el pleno acatamiento de quien lo sucediera, a la autoridad nacional, y el desarme inmediato de todas las fuerzas de Buenos Aires. No habría procesos políticos ni militares.
Mitre dijo que presentaría todo eso a Tejedor, y regresó a Buenos Aires. El mismo 26, el vicegobernador porteño, José María Moreno, partió a Belgrano para continuar la negociación. Mantuvo varias entrevistas con Avellaneda y los ministros, para arreglar las no pocas aristas del acuerdo. El 30, Carlos Tejedor renunciaba a la gobernación de Buenos Aires y lo reemplazaba el vicegobernador Moreno. Claro que eso no hacía más que cerrar una primera etapa.
 
Planteo del Congreso
 
Ocurría que el desarme iba lento y que la Legislatura porteña –cómplice y sostenedora del golpe-  seguía actuando como si nada hubiera ocurrido. Es decir que, en realidad, en Buenos Aires existían en ese momento dos poderes: el gobernador Moreno y su Legislatura por un lado, y por el otro el interventor federal Bustillo, quien esperaba instrucciones del presidente para proceder.
Pero el problema más serio era que Avellaneda y sus ministros habían formalizado el arreglo con Buenos Aires sin dar intervención al Congreso. La cuestión reventó en el Senado. El representante de Córdoba, Manuel D. Pizarro, planteó (3 y 8 de julio) una formal queja por esa promesa de Avellaneda de no iniciar juicios contra los rebeldes. Sostuvo que era una atribución del Congreso y no del Ejecutivo. Además, le parecía increíble que todo se hubiera reducido a un cambio de gobernador, mientras no se veía modificación alguna en los otros órganos del gobierno de Buenos Aires.
 
Avellaneda renuncia
 
Todo esto llevó al Congreso a sancionar un cuestionario que presentó a Avellaneda, donde se le inquiría sobre estos y otros temas en detalle. El presidente contestó (10 de julio) que no había nada secreto, y desplegó variados argumentos para justificarse. Eso no evitó que, durante los días que siguieron, estuviera claro que el Congreso desconfiaba del presidente. Lo grave era que, en las conversaciones con José María Moreno, el conciliador Avellaneda había aceptado que la Legislatura bonaerense siquiera en funciones.
Pero el 11 de agosto, el Congreso sancionó una ley que declaraba disuelta esa Legislatura y ordenaba al interventor Bustillo tomar las medidas para reorganizarla. Con esa ley, quedaban anulados los compromisos de Avellaneda con Moreno.
El presidente se sintió desautorizado y presentó entonces su renuncia al Congreso. No daba fundamentos. Pedía, simplemente, que se le aceptase su dimisión de la alta magistratura “que he ejercido hasta hoy en medio de las situaciones más diversas, con arreglo a los principios del honor y a los dictados de mi conciencia”.
 
Plan de emergencia
 
Después de informar de su decisión a los gobernadores, Avellaneda, enfermo, salió de Belgrano rumbo a su casa de Buenos Aires. La renuncia venía a crear un verdadero cataclismo. Esto porque el vicepresidente que lo reemplazaría, Mariano Acosta, era tan afecto a Tejedor, que no había acompañado al presidente cuando éste trasladó el gobierno a Belgrano. Si sustituía a  Avellaneda, todo volvía a fojas cero.
Quienes rodeaban al presidente, urdieron entonces un plan de emergencia. Consistía en que el Congreso rechazaría la renuncia; pero si el presidente insistía en ella, el poder no pasaría al vicepresidente Acosta: este sería directamente destituido por la Asamblea Legislativa. Según Felipe Yofre, calificado testigo de estos sucesos, el núcleo más acendradamente roquista del Congreso acordó, con el general Eduardo Racedo, el apoyo militar correspondiente.
 
¿Golpe militar?
 
La noche en que debía tratarse la renuncia de Avellaneda, el general distribuiría sigilosamente sus fuerzas en sitios estratégicos, y los diputados Tristán Achával Rodriguez y Reynerio Lugones serían los encargados de transmitirle la orden de actuar. Estaba previsto el inmediato nombramiento de Roca como jefe supremo del Ejército. En realidad, desde el 12, todas las fuerzas nacionales tenían órdenes de no obedecer a nadie más que al general tucumano. El ministro Carlos Pellegrini y el senador Antonio del Viso, fueron los más resueltos sostenedores de la permanencia de Avellaneda en el cargo, por cierto que con el caluroso apoyo de Roca y de su gente.
Pero las cosas salieron bien sin necesidad del extremo recurso de destituir a Acosta y hacer intervenir a los militares. El 13 de agosto, la Asamblea Legislativa rechazó la renuncia del presidente casi por unanimidad, ya que sólo votaron en contra Luis Vélez y Santiago Baibiene.
 
Dramático veto
 
El mismo día, Avellaneda procedió a vetar la ley que disolvía la Legislatura, en un último intento de cumplir su compromiso con Moreno. Su veto fue rechazado por abrumadora mayoría (17 contra 3 en el Senado y 44 contra 1 en Diputados) quedando firme la norma, el 19 de agosto. Según Yofre, el rechazo del veto hizo desfallecer a Avellaneda, ya aquejado por serios problemas de salud. Pasó tres días en un letargo que los médicos aconsejaron no alterar.
La Legislatura intentó dar un manifiesto y requerir a Moreno que la defendiera. Pero fuerzas nacionales, al mando del coronel Francisco B. Bosch, tomaron el edificio y cerraron sus puertas.
En cuanto a Avellaneda, se repuso y el 24 de agostó envió al Senado el proyecto de ley que declaraba Capital de la República a la ciudad de Buenos Aires. El 28, ordenaba a Bustillo llamar a elecciones para renovar totalmente la Legislatura. Entonces, el gobernador José María Moreno renunció a su cargo, dimisión que le fue aceptada rápidamente.
 
Asume Roca
 
El 20 de setiembre quedaba sancionada la ley de la Capital. El general Julio Argentino Roca (quien había sido elegido presidente el 13 de junio, entre los aprestos del golpe), asumió la primera magistratura de la República el 12 de octubre de 1880. En la ceremonia, el discurso de Nicolás Avellaneda fue muy breve. “Prefiero por mi parte el silencio. La narración de los actos de mi gobierno pertenece a los contemporáneos. Su juicio, a los que vendrán después”, dijo. Y agregó una apreciación por demás modesta. “Los tiempos han sido tormentosos; y bajo su ruda influencia he podido a veces preguntarme si había debido ambicionar y aceptar el gobierno. Pero no me he arrepentido nunca de haberlo ejercido con equidad constante y con benevolencia casi infatigable”.
 
CARLOS PÁEZ DE LA TORRE (h)
 
 


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